lunes, 27 de diciembre de 2010

EL REGALO

El año viejo llevaba ya un rato guardando sus cosas en un hatillo. Acarreaba con él para siempre los sueños rotos y los deseos no cumplidos de tanta gente, que no pudo dejar de pensar en cuánto daría por poder charlar, aunque fuera un ratito, con el año nuevo que llegaba a sustituirlo en la ardua tarea de dejar pasar el tiempo.
Pero eso era imposible, ya se lo habían advertido. En el escaso segundo en que se cruzaran con el sonido de fondo de las campanadas del reloj, apenas había tiempo para un apretón de manos y el esbozo de una sonrisa sincera, neutra, sin estridencias, en la que el nuevo recluta del tiempo no pudiera adivinar la amargura ni la infelicidad del que se iba sin culminar la tarea.
Miró nuevamente el reloj. Estaba nervioso. Volvió a apretar el lazo del regalo que dejaba para el año entrante, lo único que podía hacer para no sentirse inútil, y volvió a mirar a su alrededor por si se dejaba algo.
Prefirió no pensar en lo que había pasado ni en lo que pudo ser y no fue. Su misión terminaba y tendría toda una eternidad, más adelante, para cargar con el peso plomizo de su calendario. Ahora había que estar a lo que estaba. Era la hora de dar el relevo y de atisbar, en la cara del compañero, la emoción de venir al mundo.
Con la primera campanada apareció, de la nada, con el traje planchado y el peinado perfecto. Su cara le recordó a él mismo en el espejo, cuando todo era ilusión y el futuro parecía fácil.
Se acercó, con la seguridad del maestro que parece vivir para mostrarte el camino, y se atrevió a darle un abrazo, en un ataque de emoción que sorprendió al año nuevo. Le entregó su regalo, envuelto en el papel brillante en el que se envuelven los sueños y le indicó el camino al escenario donde ya se oían los aplausos.
Antes de irse, con la última campanada de las doce, lo observó desenvolver nervioso el paquete donde él le había dejado de regalo la esperanza, esa que no debe perderse nunca, y que todos los años viejos tienen que dejar al que llega para que ilumine con su luz nuestras tinieblas.
- Suerte compañero- dijo, mientras saltaba hacia el lugar donde se guardan los años que vivimos- que la esperanza ilumine el camino de todos y ayude a cada uno a ganar la batalla de su guerra.

FELIZ AÑO NUEVO.

lunes, 20 de diciembre de 2010

FAIRYTALE OF SAN FERNANDO

Los amigos que me conocen bien, así como las personas que vienen a tomar café desde que esto empezó, ya saben porque hablé de ello en una entrada que se llama Frecuencias de Navidad, de una costumbre que en mi familia se hizo sin quererlo ley. Todos los años, aprovechando la hospitalidad, paciencia y amor al prójimo de mi cuñado Josema, músico y santo varón donde los haya, grabamos un villancico con todos los niños de nuestra familia (mis hijos y mis sobrinos) y de la suya que por años de convivencia y por cariño mutuo de alguna manera también siento mía. Es una pequeña broma que con el tiempo se está convirtiendo en todo un acontecimiento, ya que cada vez hay más gente colaborando, saqueando el mueble bar de mi hermana y aportando su idea para que salga al menos lo más divertido posible. El año pasado utilizamos la música de una de las canciones del nuevo disco de Los Hermanos Dalton, y este año, para el más difícil todavía, hemos hecho una versión de un villancico del grupo irlandés The Pogues, ahí es nada.
Como siempre, la que escribe se atreve con la letra, los niños se lo pasan bomba y en medio de la locura, Benji Montoya pone el acordeón, Jesús la batería, Josema el trabajo de la composición y todos en general, muchas ganas de echar unas risas y de pasar una tarde para el recuerdo.
No pidáis, por favor, voces cristalinas ni tonos afinados, la edad del mayor es 9 y hay una parte muy voluminosa del grupo que tienen menos de cinco. A pesar de todo, se afanan como profesionales en que la cosa salga bien, y es al final, con el trabajo hecho, cuando sale a flote la inocencia y ese toque de locura que les permite ser niños.
Este año yo destacaría a dos personajes que se han llevado la palma. Hay un “chuche” (dulce) Navidad de Carlitos que me enternece hasta el alma, y un espectacular final de cine protagonizado por Pepe, que en un arranque de artista y cuando se vio ante ese micro, no pudo dejar de decir su última frase favorita: “hasta el fifinito y maz allá.”
Espero que lo disfruteis como lo hacemos nosotros. Es nuestra particular manera de felicitar las fiestas.





 


Una pequeña parte de los artistas. Faltan los más
pequeños

domingo, 19 de diciembre de 2010

A

TodoS

Los amigoS

Que han hechO

Posible la locurA

A aquellos que vieneN

A compartir sentimientoS

Y dejan una parte de si mismoS

Dibujada en el color de las palabraS

Para muchos que se acercan más de un díA

Y me cuentan la emoción de sus silencioS

A esos otros que dejaron un emaiL
  
Y a los que están trás el cristaL

A los anónimoS

A todoS

FELIZ
NAVIDAD




jueves, 16 de diciembre de 2010

EL BELÉN

Bueno ¿qué? ¿Cómo va el tema del Belén y el arbolito?
Este año, por compromisos y circunstancias variadas, voy extremadamente atrasada en estas cuestiones y tengo que confesar que a día de hoy sigo con la casa sin adornar. Esperando estoy “con ansia” que llegue el fin de semana para cumplir con honores con la tradición del mes.
Creo que lo que me ocurre es que desde que los niños se han ido haciendo mayores, esto de la Navidad ha perdido aquel puntito de deporte de riesgo que tuvo en mi casa durante un tiempo.
No sé si he contado ya que mis niños, en especial la mayor, han sido más bien “moviditos” y que a lo largo de su infancia me dí cuenta de que cualquier actividad que iniciara, podía llegar a convertirse con ellos en una historia para no dormir, digna de ser recordada.
Mi primer asalto fue con el árbol. La niña apenas andaba y nos dio el arrebato de papás recientes, esa ilusión primeriza que te entra con la novelería que hace que te pases el primer año de fiesta en fiesta, disfrazando a la niña de pastora en diciembre, de princesa en carnavales y de flamenca en la feria. El caso es vivirlo todo. Pues bien, allí estuvimos cumpliendo con la estampa ñoña, dejándola poner las bolas, dibujando su primer “christmas”… Fue moverme un minuto, el tiempo de alejarme de ella y tuve que salir de estampida al oír un ruido raro: mi hija, que supongo que tenía más ilusión por tener una mascota que por aquel extraño objeto, había pegado un tirón a una guirnalda y se paseaba por el salón, así como la que no quiere la cosa, arrastrando el árbol de Navidad lo mismo que si estuviera sacando a Nela, una perra que tenía mi cuñada y que a ella la volvía loca. Claro, las bolas por el suelo, la nieve artificial pringando mi antigua alfombra…Desde entonces, a partir de ese año, mi árbol de los deseos se ponía, y esto lo juro, atornillado en un mueble.
Pero con eso de que el hombre es el único que sigue tropezando aunque le duela el morado, se me ocurrió ampliar la tradición poniendo también el Belén. Vamos, como para rizar el rizo.
El primer escollo fue mi marido. Tengo que explicar que tiene como hobby hacer maquetas y que además las hace muy bien, el tío es un experto. Pero claro, eso lo convierte en un purista y aquel hombre sufría lo indecible con el fallo de las escalas. Se pasaba el día protestando porque la oveja era dos veces más grande que el cerdo, porque a la Virgen había que empujarla para que entrara bien en el pesebre y sobre todo por un pastorcito enorme, que hubiera aplastado al burro de haberse subido en él. Y yo que sé…las figuras eran de distintos paquetes y no había manera de que cuadraran en el mismo cuento.
Como mi familia es muy de tradiciones, vinieron todos al cafelito con la excusa de montar el Nacimiento. Ocho o nueve figuras que tenía aquello, pero el caso es juntarse. Tanto jaleo de primos, de adultos, de pasteles que cuando se fueron todos, me dí cuenta que el niño que iba a nacer había desaparecido. El Belén que era de los veinte duros tenía unas figuras enanas y el niño, no quiero ser irreverente, pero que por tamaño podía haber sido una mosca, no volvió a hacer acto de presencia nunca. Mira que siempre he creído que alguien tuvo que llevárselo en la suela del zapato al pobre. Tantos tiempo en la bolsa de plástico y no llegó ni al estreno.
Ese Belén fue la leche. ¡Y lo que lo disfrutaron…! Las figuras no estaban quietas, más bien iban y venían. Mi madre con mucha guasa me dijo un día que llegó: lo que más me gusta de este portal es que es viviente. Vamos lo digo porque los pastores están encima de tu cama y San José en el cuarto de baño.
Una tarde me llamó mi marido y me enseñó las figuras. Estaban todas juntas, de pie, con aire muy digno, pegadas hombro con hombro y mirando hacia el mismo sitio. Miguel me miró y me dijo: ¿ésto que es un Belén o una manifestación de Astilleros?
En fin, que los años pasan y da nostalgia mirar atrás. Ahora el pequeño tiene nueve años y ya es un chaval. Son mis sobrinos los que han cogido el testigo de las travesuras y a ellos les toca escribir ahora, su propio cuento de Navidad.

domingo, 12 de diciembre de 2010

YA ESTÁ AQUÍ

Parece que fue ayer y ya está aquí otra vez la Navidad.
Hace días que venía descubriendo los indicios de que nuevamente llegaba a colarse por mi vida. La intuí en las bombillas apagadas todavía de la Avenida, en el billete de lotería que jugamos cada año y en ese ambientillo dulzón que envuelve a la gente de pronto, como si el sabor del mazapán o la miel de los turrones, nos infectaran el pc del corazón con un troyano imposible de detectar en el software.
Pero ayer me la encontré definitivamente, en su medio natural, mientras paseaba por el Centro Comercial de mi pueblo. Allí estaba ya Papa Noel, sonriendo desde los cristales, haciendo juegos malabares o volando por el cielo artificial de un escaparate al gusto de la franquicia de la tienda. Por allí andaban los renos con cara de dibujos Disney, la nieve de mentira y los regalos vacíos, envueltos en brillos de papel charol: la Navidad servida en manteles de lujo y cristalería fina.
Nunca ha acabado de convencerme esta fiesta. La disfrazamos de una alegría que la mayoría del tiempo no sentimos, la convertimos en el momento solidario en el que olvidar que el hambre y la desolación viven con nosotros todos los días del año y nos erigimos en buenos amigos, en estupendos vecinos de gente a la que quizás no hayamos vuelto a saludar desde el último “feliz año” que tuvimos que afrontar en el portal.
Afortunadamente, como conté en la anterior Navidad, tengo una familia maravillosa a la que le encanta esta fiesta y sabemos buscarle las vueltas para convertirlo todo en una maravillosa ocasión de seguir estando juntos. Dicen que el roce hace el cariño y para mí que más que rozados estamos magullados, sobre todo los enanos, de tanto achucho.
Pero realmente, bien pensado, la Navidad lleva implícita en sí misma la tristeza porque es el tiempo del año que dedicamos a recordar y a añorar lo que nos falta. Siempre he pensado que estas fechas exigen de nosotros mismos una perfección difícil de mantener a cara descubierta. Hay que ser buenos y generosos para los miles de donativos que te piden a diario, educados para estar de buen humor siempre que un feliz navidad llegue en un momento inoportuno, buena gente para no mandar allí mismo al compañero que te hace la vida imposible el resto del año o al familiar medio lejano que se hace el tonto para no saludar si es Semana Santa, pero que se acerca a ti con los brazos abiertos si te lo encuentras el 31. Pobre de ti estas fechas si perdiste a alguien, porque la música de organillo no te dejará mantener la apostura, pobre de ti si no tienes dinero, porque los brillos de las luces y los anuncios de la tele se encargarán de volverte loco.
Quizás, si hacemos un análisis serio, poco propio de la sensibilidad y del “merengueo” al que nos conduce la fiesta, es verdad que España económicamente necesita este consumo y que aunque parezca frívolo, somos los que todavía podemos permitírnoslo los encargados de salir a la calle con el dinerito fresco para que el comercio remonte. Esto es así de duro pero así de cierto. Lo que ocurre es que sé que este año hay mucha gente que lo va a tener muy difícil. La cifra de paro está por las nubes y no puedo dejar de pensar en lo que debe ser enfrentarse, en una fecha así, a la mirada de un hijo.
Espero que para todos esta Navidad signifique esperanza. Que de verdad el nuevo año traiga en particular, un futuro mejor para esta España que ha sido siempre un país solidario y en general, una nueva ilusión para el mundo que falta nos hace a todos. Espero que las fiestas nos dejen para siempre un poquito de música de campanas en un lugar del corazón y que la paz nos ilumine, por siempre, con la idílica luz de las estrellas.
Feliz Navidad.

martes, 7 de diciembre de 2010

DEMAGOGIA

Cuando me siento a hablar de política, siempre lo hago con miedo. Y no es miedo a decir lo que pienso ni a dejar entrever de fondo el tono de las enaguas de mi compromiso político. Hace tiempo que eso dejó de preocuparme porque en esas cuestiones, hasta este momento no me debo más que a mi conciencia. Pero sí tengo la sensación de que es fácil caer en la demagogia y no me gustaría dar la impresión de esas pobres víctimas televisivas, a las que oímos decir hasta la saciedad que lo que hay es que quitar el hambre del mundo, acercándose mucho al micrófono y poniendo su mejor perfil para envidia del compañero de equipo o de la vecina del quinto.
Hasta ahora, bien lo sabéis, siempre me he movido por el borde de la piscina, siempre he sopesado si merece la pena entrar a trapo de una información, viciada por el manoseo de aquellos que se dedican a masticarle al pueblo la cecina que nuestros políticos nos sirven de desayuno. Muchas veces he sospechado que detrás de las barbaridades que nos dicen que han decretado unos o que han propuesto otros, tiene que haber una razón mucho más profunda, algo que no nos cuentan porque nos protegen de la verdad como a los niños, y que encierra el motivo fundamental de que las cosas sean como son.
Pero hay días en que necesito quitarme la coraza de la prudencia y sentarme a dar mi opinión, aun a riesgo de la sonrisa del entendido o el frotamiento de manos del derrotista. Supongo que es mi forma educada de soltar un taco o pegar un porrazo en la mesa mientras intento contestarme a unas preguntas:
¿De verdad creéis que es justo que un gobierno socialista pretenda arreglar la economía, quitandole la mini-paga a los que se han quedado sin ahorros a los que recurrir ni puertas donde llamar? ¿De verdad creéis que es lógico que a la vez haya un colectivo en los aeropuertos que gana 60 millones de las antiguas pesetas de media? De media, señores, porque hay algunos que ganan 100 milloncejos en doce meses. No puedo creerme, y lo siento con toda mi alma, que esa sea la solución que se le ha ocurrido a tanta mente pensante y a la vez también “cobrante”. ¿De verdad nuestros políticos siguen pensando en ese absurdo cliché de que la gente lo que quiere es la paguita y no trabajar? A ver si va a resultar que los absurdos y los demagogos son ellos. A ver si todo va a ser que llevan tanto tiempo pisando en alfombras mullidas que se han olvidado de cómo pincha la grava cuando el zapato está roto.
Dentro de unos días, ya lo recordaremos en nuestra tertulia, nunca más se hablará del incidente de este fin de semana. Nadie pagará los billetes cancelados, nadie se hará cargo de los sueños rotos, de las expectativas turísticas destrozadas ni del cansancio acumulado. De lo que sí hablaremos, eso está claro, es de la desesperación cada vez más acusada del que no tenía nada pero aun puede ser más perdedor si cabe.
Parece ser que el dios mercado no perdona, señor Zapatero. Y usted, como todos, se está empleando a fondo para construir su templo. Sé que la política y la economía no pueden ser tratadas con la trivialidad de un café. Pero tenga cuidado con los sacrificios que este dios está pidiendo de Ud. Puede ser que un día esa nueva religión que ahora profesa le deje huérfano de votos y a nosotros, los eternos hijos pródigos, vacíos de política barata.

jueves, 2 de diciembre de 2010

LA MAR

No creo que haya nada más espectacular que una tormenta en el mar. Ayer tuve, de nuevo, la oportunidad de vivir uno de esos momentos mágicos que me proporcionan los ventanales del maravilloso lugar donde trabajo.
Tal vez si cierro los ojos podría describir el paisaje con la precisión de un pintor clásico, pero sólo acertaría a dibujar un color verde y gris llenándolo todo, un olor a humedad, a sal y a melancolía y el son cadencioso y estremecedor de su rugido.
Esos son días en los que nadie habla. Cada cual se sienta a lo suyo, con todas las luces encendidas y más taciturnos que de costumbre, observando con el rabillo del ojo aquel espectáculo de los elementos, que viene a recordarnos a su manera que no somos nadie ante la magnitud de su belleza, y que sólo la naturaleza es capaz de devolver a la tierra, todo aquello que le hemos ido arrancando en tantos años de pulso y de apuesta.
Algunas veces, allí sentada, dentro del mar pero varada en tierra, es fácil que la imaginación se desborde y el frío me reinvente el cuerpo, al pensar lo que debe ser encontrarse un día como ese en medio de la nada líquida, sin más horizonte que el agua y más esperanza que la fe. Y me conmueve pensar en tantos y tantos valientes que arriesgan a diario su vida para ganarse el pan con una actividad tan dura, tan terriblemente cruel y a la vez tan enormemente bella, en tantas y tantas personas que dejaron su vida en ella en nombre de una guerra ajena, de una nómina injusta o de un sueño de conquista.
El mar, la mar como la llaman los que la aman… No puede existir nada más bello. No hay otro color más puro que la blancura de esa espuma revuelta que nos cuenta sus secretos y saca a la superficie las tragedias. No hay otro olor tan penetrante ni otro dolor tan punzante, como el de la arena arrojada por el viento que se cuela indolente por mi pelo. No conozco otra sensación que me deje tan pequeña ni me haga sentir tan impotente.

“Quiero acercarme mar y vivir en tu mezcla,
en esa sal y ese agua que son míos.

Quiero encontrarte mar, como siempre,
alojado en la ventana de mi sueño,
instalado en la sonrisa de mis hijos".

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