Mostrando entradas con la etiqueta Tertulia Rayuela. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Tertulia Rayuela. Mostrar todas las entradas

martes, 9 de febrero de 2016

El nombre de la rosa

Esta vez, el ejercicio propuesto por Leonor en la tertulia ha sido diferente. No hemos partido de una imagen sino de un texto. Consistía en continuar con el relato a partir de un párrafo de la novela "El nombre de la rosa" de Umberto Eco. 
Como siempre, un ejercicio interesantísimo. Cada uno de los presentes viramos, en cuanto a la forma literaria, hacia un lugar diferente. Hubo humor, ironía, sentimiento o crítica social, dependiendo del gusto o la personalidad de los que escribían. En mi caso, decidí hacerle un homenaje al autor y a ese momento dulce en que se pone fin a una historia y la cabeza deja de bullir de forma hirviente. 
Ahí os lo dejo por si lo queréis leer. La primera parte ( en grafía diferente) se la he pedido prestada a Eco.






Me desperté cuando estaba por sonar la hora de la cena. Me sentía atontado por el sueño, porque el sueño diurno es como el pecado carnal: cuanto más dura, mayor es el deseo que se siente de él, pero la sensación que se tiene no es de felicidad, sino una mezcla de hartazgo y de insatisfacción.

Me senté a escribir sin pensarlo, con la armonía de la rutina y de los gestos repetidos.
La mesa estaba llena de hojas en blanco. La mayoría las había arrugado con rabia esa misma mañana, y en ese momento, a medida que la mente se ponía en marcha pausadamente, me hacía gracia observar aquella metáfora de otoño ocupando todo mi espacio.
Tuve la sensación de que la máquina de escribir me miraba con aire provocativo. “A ver si te atreves”, parecía lanzarme, dispuesta a hacer sonar la campanilla de final de renglón, determinada a no volver a permitirme aquel tecleo impertinente de la mañana, aquella onomatopeya del toc toc que no había dado ningún fruto.
Me pesaban los ojos. Llevaba demasiado tiempo dibujando el mundo sentado en idéntica posición, y había llegado a pensar que ni siquiera yo era ya la misma persona, que algo de aquel ambiente frío y tenebroso se me había metido en el cuerpo para quedarse a vivir.
Uní las manos y crují los dedos con gesto de pianista. Tomé un último folio con delicadeza, haciéndolo girar despacio mientras oía el quejido del carro. Me concentré en aquellas teclas blanco sobre negro en las que ya  había vertido un universo, y me entretuve en escribir la palabra fin muy despacio, en el centro de la hoja, con dignidad de letra mayúscula.

Nunca supe si aquella decisión fue producto del sueño intempestivo que había durado hasta la hora de la cena. Sólo sé que aquella tarde, entre folios descartados y sentimiento de hartazgo, juré que guardaría para siempre el secreto del nombre, de aquel que siempre queda cuando ya ni siquiera está la rosa.
uto.
Me pesaban los ojos. Llevaba demasiado tiempo dibujando el
mundo
sentado en
id
éntica posición, y había llegado a pensar que ni siq
uiera yo
era ya la misma persona, que algo de aquel ambiente frío y
tenebroso se
me había metido en el cuerpo para quedarse a vivir.
Un
í las manos y crují los dedos con gesto de pianista. T
omé
un
último folio
con delicadeza, haciéndolo girar despacio mientras oía
el quejido del
carro. Me concentré en aquellas teclas blanco sobre neg
ro en las que ya
había vertido un universo, y me entretuve en escribir la p
alabra fin muy
despacio, en el centro de la hoja, con dignidad de letra mayúscula
.
Nunca supe si aquella decisión fue producto del sueño
intempestivo que
había durado hasta la hora de la cena. Sólo sé que aq
uella tarde, entre
folios descartados y sentimiento de hartazgo, juré que gu
ardarí
a
para
siempre el secreto del nombre, de aquel que siempre queda cua
ndo ya ni
siquiera está la rosa.

domingo, 17 de enero de 2016

Al alba

Una de las actividades que más me gusta de la tertulia literaria de la que formo parte es un ejercicio que hacemos para obligarnos a escribir. Uno de los miembros sube una foto a la red y todos hacemos un pequeño relato, un poema, una reflexión...lo que en ese momento nos sugiera la imagen que vemos. 
La verdad es que es interesante porque el ejercicio termina cuando se leen los textos durante la siguiente reunión. Es curioso, la misma imagen, el mismo tema, y en cambio cada uno describe una escena tan distinta, que todos intuimos que está íntimamente ligada a su estilo escribiendo, a sus recuerdos o a su forma única y exclusiva de ver la vida. Este lunes, la foto es ésta: la luna posada delante del Real Observatorio de la Armada, en el trozo de cielo que nos corresponde a la gente de San Fernando. Ahí os dejo mi pequeñita aportación por si queréis leerla. Lo he titulado "Al alba".



Foto de: Rafael Ibáñez


Al alba

Dicen que la luna es coqueta.  
Dicen que le gusta que la observen  desde detrás de los cristales.
Por eso, mientras él se ajusta las lentes de mirar al infinito, ella le baila una danza mágica de cortejo. 
Dicen que él es muy serio.
Que le gusta descifrar números y multiplicar enigmas.
Por eso, mientras ella le guiña un ojo con sombra de cráter, él  se deshace en elogios tomándole medidas de sastre.
Cuentan que hay veces que se les pasan las horas.  Juntos los encuentra el día, con las primeras luces del alba.

Related Posts Plugin for WordPress, Blogger...
UA-11714047-1