sábado, 14 de febrero de 2015

Gente buena

Tengo la suerte, la enorme suerte, de conocer gente buena.
Se les reconoce enseguida porque desprenden ternura. Se les ve venir, aunque la mayoría de las veces no andan por el mundo pretendiendo destacar, ni contando a los cuatro vientos en qué consiste ese acto bondadoso que llevan a cabo. Se las conoce, si tienes la sensibilidad de mirar en el fondo de la oscuridad de sus ojos, por esa forma discreta y distinta que tienen algunas de observar la vida.
Continuamente pienso que debería parar en seco el autobús con el que viajo, que debería bajar las revoluciones y aprovechar la enorme oportunidad de aprender un poquito de aquellas a las que disfruto, de las que están entre mis amigos, entre mi familia. Unas veces aparecen encarnadas en un ángel que aparca su vida para cuidar a los demás mientras la vida le gana batallas; otras, en un amigo que pierde de forma injusta el trabajo sin que la rabia lo cambie, sin dejarse olvidada la cancioncilla tarareada o la sonrisa sincera; en más de una ocasión, todas esas personas están revestidas de una bondad que se esconde en el llanto sincero, en el que sabes que no es artificio ni disfraz, sino que sale del alma.
Hace tiempo que dejé de creer. Ya lo sabéis. Sólo sé que es injusto que la vida siga golpeando sin piedad a estas personas, cuando hay tanto sinvergüenza sobre los que el universo debería hacer recaer su ira. Sería lo lógico ¿verdad?, lo justo. No sé qué me ocurre hoy, tal vez sea que el día está gris, que la cabeza anda desde hace unos días descolocada, o simplemente, que hace tiempo que dejé de creer.

6 comentarios:

Juan Pan dijo...

Yo también dejé de creer hace tiempo. Hay días en que pienso mandar todo a la mierda, dejar de escribir y relacionarme para no recibir más puñaladas. La crisis está acabando con muchas cosas, destruyendo parejas y matrimonios y echando a la calle a gente que ha trabajado toda su vida por tener un hogar. Dicen que es justo; pero otros roban millones y son impunes. No entiendo esta sociedad, me avergüenzo de ser parte de ella, y me arrepiento de haber regresado a España, destruyendo mi carta de residencia en Francia, para que mis hijos nacieran en la tierra de sus padres. El uno se fue a trabajar y vivir en Valencia , el otro a Galicia, otro está en el extranjero, y mi hija en Castellón a punto de ser desahuciada. Mientras tanto aquí empalman unas fiestas con otras, apenas acabe el Carnaval comenzará la Semana Santa, siendo la provincia número uno en porcentaje de parados de Europa. la economía sumergida impide que la provincia levante cabeza, ya que mientras haya gente que trabaje así las empresa no contratan y no se cotiza. Una verdadera mierda, con perdón. Saludos, Mamen. Feliz domingo

Mamen Orcero dijo...

Pero a pesar de todo lo que cuentas, Juan, a pesar de toda esa cantidad de desastres que están ocurriendo en las familias, por encima de la crisis, de las enfermedades que te dejan fuera de juego, curiosamente, sigue existiendo la gente buena. A mí me emociona y me produce mucha envidia esa bondad.
Besos y ánimo, amigo.

Encarni de la Cruz dijo...

No tiene que producirte envidia la bondad de nadie Mamen, tú eres buena desde que naciste y tienes bondad de sobra para dar y regalar, de hecho eres de las personas buenas que se han cruzado en mi vida. Y es verdad Mamen, sigue existiendo la buena gente que sigue regalando su sonrisa por muy cruel que se esté portando la vida con ella y debe ser muy difícil mantener el tipo y los principios cuando la vida aprieta.
Ante una situación desesperada de ver cómo se queda alguién sin trabajo, sin dinero... Uffff esa desesperación te puede llevar a hacer locuras y a cambiar tu forma de ser,de pensar y de actuar, pero si la esencia de esa persona es de "buena gente", esa bondad no desaparece así de golpe.
Yo por suerte puedo presumir de conocer a gente buena y la tengo a mi alredor. También me he topado con gente mala, mala de verdad, yo pensaba que no existían las personas así, pero haberlas haílas, por mucho que me costara aceptarlo, pero de esas personas me alejo todo lo que puedo. Yo todavía creo, ya no tanto como antes, pero necesito creer.
Muchos besos Mamen, y gracias a todas esas personas buenas por seguir siéndolo a pesar de los pesares. Mucho ánimo.

Mamen Orcero dijo...

Encarni...te debo por lo menos una cervecita pero vamos, con marisco incluido...jeje.
Bromas aparte, y agradeciéndote los ojos con los que me miras, sí que es verdad que a veces me cansa la injusticia. Hay personas que tienen mucha suerte en la vida, independientemente de su calidad como ser humano y en cambio hay otras en las que intuyes esa bondad, esa sencillez, ese pretender nada más que vivir, y la suerte, los dioses o lo que sea no los acompaña. Eso me hace dejar de creer, pero en nada ni en lo divino ni en lo humano. En fin...

Encarni de la Cruz dijo...

Mamen, una vez te dije que no me gustaría que escribieras la segunda parte de A la sombra de los tamarindos y que te daría mis razones y creo que no llegamos a hablar de eso, y ahora viene que ni pintado mis razones. Verás, creo que al igual que Sor Josefa, Álex también llegaría el momento en el que dejaría de creer en lo humano y en lo divino, y yo prefería ver a Álex así de ilusionado con su proyecto, y no ver cómo se acababa dando de bruces con la realidad.
Creo que a ti y a muchas personas más de mi entorno les ha pasado como a Sor Josefa, y sé que con el paso del tiempo, espero que mucho tiempo, a mí me pasará igual.
Desconozco si después que pase la tormenta, o de que amaine, porque a veces la tormenta no se va nunca para según qué personas, quedarán restos de esperanza.
Todo este tema me recuerda también a otro personaje de novela, San Manuel Bueno, mártir, de Miguel de Unamuno, su pérdida de fe divina lo hacia sentirse desgraciado y un impostor.
De todas formas Mamen, si ya estás preparando la segunda parte de los tamarindos que sepas que seré de las primeras en leerlas.
Fíjate que sí me gustaría leer la segunda parte de El dulce olor de las magnolias.
Un beso.

Encarni de la Cruz dijo...

Mil perdones Mamen, me he equivocado al escribir el título de tu segunda novela, es El suave olor de las magnolias y no El dulce olor... lo siento, ha sido un lapsus. mil besos

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