Cuando trabajas con la "Historia", una de las referencias que nunca puedes dejar de lado en la investigación son las llamadas fuentes orales. Esta denominación tan académica consiste ni más ni menos que en la recopilación de aquello que se ha ido transmitiendo de padres a hijos a lo largo de los siglos, una información que probablemente nunca haya sido recogida en ningún documento de archivo, libro de cuentas o testimonio gráfico, pero que forma parte de lo que en el pueblo siempre se ha sabido, de lo que un vecino creyó que vió o de una canción de cuna, tarareada en susurros rítmicos por una joven mamá.
Es evidente que estas fuentes tienen que ser siempre tomadas con cautela porque en este tema del boca a boca es donde mejor se representa aquel juego del teléfono que nos gustaba tanto de pequeños, cuando de la primera frase cuchicheada al oido de un compañero, se hilaba toda una historia que acababa en la última oreja, la mayoría de las veces sin sentido y por supuesto sin mantener ni siquiera un parecido razonable con la intención original.
Así es como se han ido forjando las leyendas, los mitos y la magia a través del tiempo: donde el abuelo vió un perro, el hijo vió un lobo y el nieto, el más imaginativo, se fijó en que el animal presentaba cierto aspecto humano.
Y a partir de ahí, el engranaje de la rueda ya no puede parar, la leyenda nace primero local y luego la transportamos con nuestras maletas y en nuestros barcos de conquistas y nos la llevamos a otros países donde será recibida y adornada con nueva sabia para continuar su camino en la imaginación de los hombres y las pesadillas de los niños.
Siguiendo el ejemplo anterior, es fácil comprobar que el lobo-hombre europeo, aquel al que parodiaba La Unión, se convirtió con el descubrimiento y la colonización de América en el "lobizón," una mezcla de perro y cerdo en la que tiene que transmutarse, porque así lo obligan siglos de magia, el séptimo hijo varón de cada familia, al que para redimir de dicha penitencia podremos tratar según el país del que seamos compatriotas, llamándole Benito (no me pregunteis por qué) o convirtiendo al hermano mayor en su padrino, costumbre con fuerza de ley en Argentina, donde Perón concedió el padrinazgo moral del Presidente de la Nación a todos los séptimos hijos de familia.
Cuántos nombres de leyenda han sido el orígen de una investigación o de alguna tesis y cuántas fábulas de las que contamos a nuestros niños para dormir han sido recitadas ya en este mismo espacio y este mismo aire por alguno de nuestros antepasados.
Aunque en el cole fuera un rollo saberse los reyes godos, no me negareis lo bonita y lo curiosa que es nuestra Historia.