jueves, 19 de noviembre de 2015

Diluirse

Mi marido, que es un ecologista convencido desde que era un chaval y campeaba por la Sierra de Cádiz prismáticos en mano, anda siempre a la gresca con los niños: "Os creeis que los recursos no se acaban nunca", "Cuánto gasto de agua", "¿Tanto se tarda en darse una ducha?". 
Conociendo su gusto por la Historia, no era de extrañar que encontrara, entre sus enormes conocimientos de batallas y estrategias, la expresión adecuada para etiquetar esa afición de mis hijos a las duchas de larga duración. "¿Qué?, ducha Hollywood, ¿no?, les dice cuando salen del cuarto de baño más de media hora después de entrar, haciendo referencia al premio que en contadas ocasiones se les otorgaba a las tripulaciones rusas durante la segunda guerra mundial, cuando para darte una ducha de más de dos minutos en un submarino, tenías que haber sido protagonista de una verdadera heroicidad.
Yo tengo un pequeño problema con esta pelea casera. Soy la madre responsable y copartícipe en la educación, así que mi papel está más que claro, porque entiendo que el hombre lleva razón. Pero reconozco (aquí en la intimidad de nuestra tertulia) que no tengo autoridad moral para representar la parte que me toca en la opereta porque en esta cuestión, los chiquillos han "heredao" el defecto de mí.
Vaya por delante mi respeto al ecologismo y a la gente que lucha por la supervivencia del planeta madre, pero yo es que entro en la ducha y se me olvida la extinción del lince y el calentamiento global. Hay algo en dejar caer el agua caliente por el cuerpo que para mí es como un bálsamo.
A veces, me encanta cerrar los ojos y notar el calor del líquido envolvente. Entonces, me imagino que me diluyo con el agua y dejo de ser yo. El cuerpo va desapareciendo lentamente y me hago ingrávida, liviana, como una gota. Me disuelvo, me escapo, me voy a conocer mundo a través del desagüe que me lleva hasta el mar. Desaparezco.
Afortunadamente mi casa tiene dos cuartos de baño, con lo cual, pienso siempre con esa inocencia que no sé por qué no acabo nunca de erradicar de mi mente a pesar de la experiencia vivida, no hay problema, nadie necesitará interrumpir mi momento de buceo en el mar de las sensaciones, mi único instante del día en que el runrún que me corroe el cerebro se calla y se quedan de un agradable color crema los pensamientos.
Imposible. No hay manera. El final de la experiencia mística siempre acaba y acabará igual. Lo tengo claro:
Toc, toc...mamá ¿te queda mucho?  

viernes, 30 de octubre de 2015

Fotogenia


Siempre he oído decir eso de: una cosa es ser guapa y otra es ser fotogénica. 
Nunca me lo he creído mucho, la verdad. Pienso sinceramente que quien es guapo/a, pero guapo/a de verdad, a ese/a no hay cámara fotográfica que se le resista. 
Pero bueno, como hay que consolarse con lo que se pueda, yo llevo agarrada a eso de la falta de fotogenia toda la vida para no cogerme una depresión de las de lexatín en vena cada vez que me veo en una foto. Mira que lo han intentado fotógrafos buenos, amigos desde el cariño, hasta familiares con muchas ganas de quitarme el complejo que me da verme en retratos de grupo. Pero qué va, nunca ha habido manera.
Un día, hablando con una persona que sale siempre monísima, ella me confesó: "yo es que me tengo la cara cogía". Bueno, me dije, entonces tiene que ser que el secreto es ese: mirarse en el espejo y decidir cuál de mis caras me gusta más para acogerme al modelo ensayado. Fácil.
Para rematar la jugada, y como soy una forofa autentica de los tutoriales de internet, en los que lo mismo aprendo a hacer un remiendo que a construir una calculadora casera, me fui al google de mis amores y me dispuse a escribir: cómo hacerse un selfie, decidiendo "voy a empezar por mí misma y ya después pasaré a que la foto la haga otro".
Enseguida, nada más que pinchar en varios sitios que no tenían lo que buscaba, di con la página que me explicaba, exactamente y paso a paso, cómo triunfar en eso de la fotito de marras .
Primer paso, me contaba una chica rubia guapísima, que empezó ya a mosquearme porque cumplía mi máxima sobre los guapos antes descrita: Nunca te tomes fotos desde abajo. Bajé el móvil y comprobé horrorizada cuánta razón tenía, así que empecé por estirar el brazo hacia arriba.
Segundo: la luz. Es preferible luz natural y frontal. ¿Natural y frontal? pues tendré que ponerme en la ventana porque mi cuarto de baño, el que tiene el espejo más grande, ese no me vale.
Tercero: controla tu rostro. Ahí vino el problema. Tu mentón debe inclinarse un poco hacia abajo, bien, hacia abajo, controlo. Aunque tu cara debe ir hacia adelante. A ver, mentón hacia abajo y cara hacia adelante...empiezo a complicarme la vida. Ojos abiertos, sin parecer asustados, aquí no me preocupé mucho, porque añadía entre paréntesis una explicación que decía (a esto le dedicaremos un punto más adelante), aunque la verdad, con el mentón hacia abajo y la cara hacia delante, empezaba a tener dificultad en la lectura hasta abriendo los ojos de forma asustada. Sonríe ligeramente. Cómo si eso fuera tan fácil, pensé, decidiendo entre sonreir con los labios cerrados, que me hace una mueca rara, o dejar salir los dientes. Perteneciendo a una generación en la que los brackets no eran imprescindibles para ser considerado adolescente, casi mejor que no. Si coges aire, suéltalo al disparar. Coloca la lengua en el paladar y se te marcarán los pómulos. Desde luego el punto tercero tenía su guasa. Cuando me empeñé en soltar el aire, el mentón, sin yo quererlo, vamos, como con vida propia, ya no se inclinaba y por mucho que apretaba la lengua contra el paladar, así como de reojo, como me permitía la inclinación de la cara, vi que los pómulos no se me marcaban ni de coña.
Cuando llegué al punto cinco Mirada seductora, tuve la sensación de que aquello era ya una batalla perdida. Dejé la posición antes reseñada para seguir mirando la lista de puntos, que eran varios y de l os que yo destacaría el número siete, por lo que produjo en mi alma de "miss fotogenia", ahora ya completamente herida. 

7. Tu postura también importa. Debes erguir los hombros, ladeándolos ligeramente y tener en cuenta si tomarás la imagen de pie o sentado. En el primer caso, cruza los pies dejando caer tu peso en el que coloques detrás, saca pecho sin exagerar, apuesta por los tacones y apoya tus manos sobre la cadera para afinar los brazos. En caso de estar sentado, debes echar el cuerpo hasta el borde y cruzar las piernas.

A esas alturas, yo ya no era yo, era una fiera. ¿Cómo puede alguien inclinar el mentón, levantar la cara, sonreir ligeramente, tener la lengua en el paladar, los ojos abiertos pero no asustados, hombros ladeados, pies cruzados, pecho sacado, brazos afinados? ¿todo a la vez y en la misma foto?...Anda ya, hombre.
En fin, que aquí estoy, delante del espejo mirándome fijamente. ¿Cuál será mi mejor perfil? Me parece que ya está bien. Se acabó. Tengo que hacer algo en rebeldía. Algo contra alguien que mande mucho, algo que arremeta contra un organismo oficial de estos que nos amargan la vida. 
Ya está, lo tengo claro, Voy a comerme un bocadillo de jamón. Y que se fastidie la OMS.

viernes, 23 de octubre de 2015

¿Hasta luego?

He leído más de una vez que ya los blogs no están de moda. No hay tiempo para leer. 
Y lo entiendo porque a mí también me pasa. Es más fácil echar un vistazo a esa especie de microrrelato en la que a veces se convierte facebook, que entrar a una página donde el texto es largo, donde si quieres interactuar tienes que escribir una respuesta; un mundo donde no vale con pinchar rápidamente en el "me gusta" con el que en las redes expresas al autor tu complicidad o tu compañerismo. Por eso llevo días sin escribir por aquí. Porque estoy dándole vueltas a la posibilidad de cerrar , al menos durante un tiempo, el diario sobre el que os he ido escribiendo mis historias. 
Mi primera entrada fue el 19 de noviembre de 2009. Falta poco para que se cumplan seis años desde que se me ocurrió la peregrina idea de que iba a haber alguien con ganas de seguirme el juego. Pero ha llovido en seis años y ya quedan pocos de aquellos locos que a menudo me acompañaban para compartir conmigo esta tertulia.
Hoy llevo un tiempo leyendo recuerdos y recordando lecturas. Sobre todo llevo un buen rato rememorando a amigos que han ido pasando por mi vida. Tengo que tomar una decisión y no la tengo clara. Mientras tanto, me quedo con aquella declaración de intenciones que hice un día con menos miedo que vergüenza y en la que, sencillamente, os invitaba a tomar café.
Gracias por haber sido parte de mi mesa-camilla.


19 de noviembre de 2009

El día que decidí crear un blog estuve pensando en un título que resumiera, en una frase corta, la intención de esta aventura que estoy comenzando y que ni siquiera sé si voy a saber manejar en este lío de html, webs, bloggers y demás términos indecifrables.
Lo único que pretendía era crear un lugar, un espacio en este mundo infinito de la red donde quedar para charlar con los amigos, donde asomarme a recordar una canción, o a retomar una conversación que nunca debió terminarse.
Y, de repente, pensando en las charlas, en las risas y en las canciones, sentí la enorme necesidad de tomar un café.
Es curioso porque a mí el sabor del café no me gusta. Ese regustillo amargo no es muy de mi agrado. Pero el olor...ese olor que lo inunda todo...
Creo que el aroma del café ha llenado durante tanto tiempo mi vida que me arrastra con él a lo mejor de mí misma. El café me trae el olor de mi casa, bueno de la casa de mis padres que será siempre la mía, el tacto del sofá de los domingos, muy temprano, cuando hay que charlar bajito para no despertar a los niños, el parón en los estudios cuando mi hermana, parodiando las telenovelas que hacían furor en los 80, nos "provocaba un cafetito"...es el café de las mañanas con mi amiga de siempre con la que no puedo arreglar el mundo nunca, es la locura del momento de relax en el trabajo, cuando una chica morena me deja alucinada cada día con su memoria: manchado para mí, avellanado para la compi, descafeinado el del jefe, cortado para los snobs y hay un amigo, el más valiente, que todavía en noviembre lo quiere helado.
Cuantas historias contadas y cuantos secretos guardados alrededor de un café.
Por eso he decidido invitaros a charlar imaginandonos frente al líquido negro. Cada quien puede contar lo que quiera mientras removemos el azúcar del fondo. Os prometo que nunca faltarán el colacao para el que no toma café, el donut para el que pueda permitírselo y la sonrisa de bienvenida para todo aquel que quiera aceptar esta invitación al sentimiento.

viernes, 18 de septiembre de 2015

Vámonos

Son tantas cosas las que oigo últimamente sin poder dar crédito, son tan frecuentes las barbaridades que se me acumulan en la lista pendiente de noticias por leer o en la bola del mundo blanca sobre azul con la que facebook me avisa de que tengo novedades, que ya en varias ocasiones me he descubierto a mí misma susurrando bajito esa gráfica expresión que utilizamos cuando no podemos más, cuando el absurdo se sitúa en un "nivel estratosférico": Apaga y vámonos.
No sé si sabéis de dónde viene la locución, pero como todas las frases hechas que usamos a diario, tiene un origen curioso que me gustaría contaros:
Parece que todo empezó en un pueblo de Granada (Pitres), donde dos sacerdotes, aspirantes a una capellanía castrense y por lo tanto rivales, apostaron entre ellos para demostrar sus méritos, a ver cuál de los dos celebraba una misa más rápidamente.
Uno de ellos, creyéndose muy listo y algo "picado" por la desventaja de ser el primero en demostrar su valía, se subió al altar y dijo con aire solemne: "Ite misa est", lo que a la liturgia en castellano sería "la misa se ha acabado, podéis ir en paz". Dicen que cuando el otro sacerdote se dio cuenta de que el primero había utilizado justo la última frase del ritual y que en la ceremonia no quedaba nada que añadir, dudó un momento subido al púlpito. Pero luego, en un magnífico ejercicio de astucia, lanzó un guiño cómplice a su monaguillo y le dijo, con toda la gracia: apaga y vámonos. A nadie le quedó duda de que había ganado la apuesta. 
Lo que interpreto de esta leyenda es que el episodio debió ocurrir hace ya unos siglos, cuando la gente todavía era inocente, cuando una frase sentenciaba una situación. En mi caso, tengo que confesar que la estupefacción diaria me ha hecho perder la fe en aquel clérigo tan simpático. No creo ya que las incongruencias terminen. Ando mandando apagar a diario, pero tengo la sensación de que nunca nos vamos. Quizás, en un acto de prepotencia acabe construyendo mi propia expresión, algo muy simple que debería sonar así como: No apagues, deja encendida la vela, chaval, que me apuesto la capellanía a que mañana habrá más.
Besos

miércoles, 9 de septiembre de 2015

El suave olor de las magnolias. El vídeo

Como buena madre, no podía dejar a este segundo hijo sin su vídeo igual que lo tuvo el hermano mayor. Gracias a todos los que me habéis regalado nuevamente las emociones. Gracias, de verdad, por esta etapa dulce de mi vida.


lunes, 24 de agosto de 2015

Un dentista y un tamarindo

Mi hija, como casi todos los adolescentes que conozco, anda sufriendo el martirio de los brackets. Como su proceso ha sido complicado, lleva casi tres años yendo y viniendo al dentista. Yo me armo de paciencia, enciendo mi libro electrónico y la espero en la salita, mientras ella se enfrenta al reto de la puesta en fila de incisivos, caninos y algún que otro molar. Por eso, cuando hace un par de meses, la enfermera me dijo: "Cantillo quiere hablar contigo", no me extrañé. Supuse que por fin terminaba este proceso que en el caso de María, se está alargando algo más de lo habitual. 
Manuel Cantillo es un dentista joven, con un carácter tan agradable que en la vuelta a casa después de la consulta, cuando suelto la típica pregunta de madre desesperada sobre la conclusión de este camino que parece no tener fin, termino escuchando una conversación sobre grupos de música y calles de Londres que mi hija y él han compartido. Conozco, porque eso se nota en las formas y en el tono, que es un profesional de lo suyo, a la vez que una persona encantadora. Pero además, la vida, que es así de apasionante como de imprevisible, aquel día en que me llamó, me tenía guardada una sorpresa de esas que no voy a olvidar.
Esta Semana Santa, Manuel hizo un viaje hacia la esperanza. No era la primera vez que se convertía en uno de esos héroes a los que yo quise homenajear con mi primer libro, pero esta vez se marchó con una ONG llamada "Dentistas sin fronteras", precisamente a Senegal. M. Carmen, compañera suya de la consulta, amiga mía y lectora de "A la sombra de los tamarindos", lo convenció de que no podía irse a Senegal sin haber leído el libro de la madre de María, que es como se me conoce en ese mundo que compartimos una o dos tardes al mes. Entonces, Manuel, que andaba por internet buscando vocabulario wolof, se echó en la maleta una novela que yo escribí, iniciando con su vuelo el camino más bonito que podía contarme nunca alguien, el viaje que convertiría de alguna manera la esencia de mi ficción en una preciosa realidad con la que me emocionó.
"¿Sabes qué nos pasó?", me decía mientras yo lo escuchaba con el alma encogida, "que el medicamento para la malaria nos causaba insomnio". Y con esas palabras como preludio de una crónica que me dejó el corazón reblandecido, Manuel Cantillo me contó, en el pasillo de su consulta, con la sencillez de quien hace las cosas sin esperar honores ni premios, un buen puñado de anécdotas que a mí me sonaron a música, un buen montón de pequeñas historias que unían la literatura con la vida y una novela con una verdad. Me explicó que compartían habitación con camas improvisadas en hamacas colgantes, y que en una de aquellas noches de insomnio y sueños extraños, alguien se quejó de no haber llevado un libro. Entonces, Cantillo dijo "yo he traído éste", y como si aquellas palabras fueran la varita mágica con la que hacer realidad mis sueños, uno tras otros, sus compañeros de viaje decidieron compartir aquel libro, aquella historia que yo escribí para homenajearlos, para hacer un canto a la gente solidaria, a las personas buenas como ellos que teniéndolo todo, se dejan aquí las comodidades del hogar y los hoteles de lujo para irse al otro lado del mundo a intentar remediar las miserias ajenas. 
"Tengo que enseñarte el libro", me decía sin darse ni cuenta de que yo no podía contestarle porque no recordaba cómo se pronuncian las palabras, "Tienes que verlo", me decía, "porque cada uno escribió su nombre en un trozo de papel a modo de marcapáginas" para saber dónde dejaba cada noche la lectura. Y yo me imaginaba a aquel grupo de chicos, tal como él me iba describiendo las escenas, haciéndose fotos con mi novela bajo los tamarindos, pasándose el libro durante las noches de vigilia y convirtiendo en realidad la ilusión de esta aficionada a la literatura a la que ese día, de esa forma tan sencilla y con esas palabras tan cálidas, un dentista convirtió en escritora a pesar de que nunca tuve ni tendré el Nadal ni el Planeta.
"Tráete el libro al Congreso de Barcelona, que yo no me lo terminé", fue la frase que nos hizo reir a los dos, y con la que me marché de aquella consulta flotando. "Pero una amiga de Alicante me ha dicho que ya se lo ha comprado porque quería tenerlo", me contó también riéndose, mientras yo pensaba que no tendré vidas suficientes, aunque consiguiera reencarnarme, para agradecer a unas personas a las que no conozco la enorme felicidad que supuso para mi aquella tarde.
He tardado en compartir mi historia porque todavía estoy esperando sus fotos prometidas (Cantillo si lees esto, acuérdate). Pero me da que tendré que esperar. ¿Sabéis por dónde anda ahora? En la India, el amigo Manuel y "Dentistas sin fronteras" están ahora en la India. 
Gracias por las emociones, Cantillo. Te deseo que seas feliz en la vida. No se me ocurre nada mejor que desear a personas como tú.
Gracias también a ti, M. Carmen, por poner desde el principio la ilusión. Sé que es de corazón. ¡Vaya dos! Conseguisteis que esta charlatana se quedara, por primera vez, sin palabras.



Las fotos llegaron. Gracias Manuel
 



jueves, 13 de agosto de 2015

En blanco y negro

Hace un rato, les contaba a mis amigos de facebook la última anécdota protagonizada ayer por uno de mis sobrinos. 
El chiquillo, que acaba de cumplir ocho años, estuvo viendo unas fotos antiguas. Me lo imagino, aunque no estaba presente, observando las fotos con los ojos muy abiertos, con una expresión que es muy suya cuando algo le sorprende. Un rato después, supongo que tras darle más de una vuelta en la cabeza, le preguntó a mi cuñada:
- Mamá, ¿tú ya vivías cuando el mundo era en blanco y negro?
Cuando su madre me lo contó, la verdad es que mi primera reacción fue reírme, pero reírme de veras, como sólo puedo hacerlo cuando intuyo detrás de la gracia la espontaneidad y la inocencia de un niño, reírme igual que cuando mi sobrino David se quedó a dormir en casa y después de levantarse lleno de ronchas de mosquitos, me dijo con tono de sentencia: "tata, el que te vendió el aparato de los mosquitos te ha timado". Reírme como cuando sé que para ellos no hay risa, sólo su verdad y su percepción, sin pretender hacer la gracia. Luego, cuando he vuelto a pensarlo en casa, me he dado cuenta de la filosofía que lleva detrás la frase, de cómo el mundo avanza sin que apenas nos demos cuenta. 
Entiendo que a estos niños nuestros, acostumbrados como están a juegos en los que los personajes se mueven con gestos humanos, a ordenadores que te felicitan porque saben en qué fecha exacta cumples los años; a estos que antes de andar conocen ya qué tecla pulsar para que la tablet reproduzca sus dibujos animados preferidos, no les cabe en la cabeza que hubo un tiempo, un tiempo de hace no mucho, en el que las cámaras de fotos tomaban la instantánea en distintos tonos de gris. Es algo tan poco común, algo tan extraño en su forma de concebir la vida, que al chiquillo le resulta más fácil pensar que es que el mundo era así, que todavía no se habían inventado los colores, antes que creer que algo tan sencillo como una cámara, que ahora se lleva en el móvil, en la parte superior del bolígrafo o en un llavero, no conocía el color como avance tecnológico.
Hoy, recordando a Pepe y su pregunta del millón, he vuelto a verme a mí, de niña, metida en la cama temblando, cuando de tanto oír hablar a los mayores de la guerra y del hambre pasada, creía, con la mayor de las inocencias y el más terrible de los miedos, que la guerra era algo cíclico, algo que pasaba de vez en cuando, como la primavera o la Feria del Carmen.
En fin, ayer mi hermana volvió a explicárselo, pero por la cara, me da a mí que no...vamos, que no hay quien lo convenza...jajajaja.. 
Bendita inocencia.
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