viernes, 11 de marzo de 2016

Balance



Dicen los psicólogos que cuando una mujer cumple cincuenta, se empeña en realizar el balance de su vida. Como hoy cumplo cincuenta y uno, he tenido doce meses completos para revolver los cacharros del baúl de lo vivido.
Hacer inventario no es fácil, os lo digo ya. Creo que somos demasiado críticos y muy poco generosos cuando nos observamos en la intimidad que proporciona el fondo del corazón, cuando no hay que aparentar serenidad ni adivinar la perplejidad en los ojos de quien mira.
Pero de nuevo estoy aquí, he vuelto del viaje al reencuentro tomando oxígeno con ansia después de la jornada de buceo, aspirando el olor del mar soñado y saldando las cuentas que me fui dejando abiertas a lo largo del camino.
El final del análisis no ha dado mal resultado, después del debe profesional y el haber de la familia y los amigos. Qué poco cuenta la deuda de lo que debió ser y no fue, frente al crédito solvente de sentirse querida.
Gracias, vida, por estos cincuenta y uno.
Gracias, amigos, por aportar el saldo positivo del cariño y la amistad, de las felicitaciones que emocionan, de las ganas de futuro y los recuerdos divertidos.
Besos y gracias a todos, de verdad.

jueves, 3 de marzo de 2016

Bombones



Recuerdo a Forrest Gump sentado en aquella parada de autobús."La vida es como una caja de bombones...", decía en boca del actor de doblaje, con esa forma peculiar de pronunciar las palabras.
Pues yo creo que es verdad. 
Cuánto chocolate hemos elegido engañados por el brillo espectacular de su envoltorio. Cuánto sabor a amigo amargo se nos ha quedado a veces entre los labios.
Pero esa es la vida, como afirmaba la abuela de Forrest: nada más y nada menos que un ejercicio de glotonería.

domingo, 28 de febrero de 2016

Andalucía

Hace mucho tiempo que la razón me enseñó cuánto daño le han hecho al mundo los colores de las banderas y los trazados de las fronteras. La Historia me llevó a la conclusión de que todos los males del mundo empezaron un día de hace muchos miles, cuando el ser se convirtió en humano clavando una estaca para separar su sembrado del hambre del vecino. 
Pero reconozco que a veces soy contradictoria, como si fuese difícil seguir el compás con la cabeza, moviendo al unísono el corazón. 
Hace un par de mañanas estuve en un acto institucional en el que se celebraba el día de Andalucía. En un momento dado, como broche final, un teatro a rebosar se puso en pie para escuchar el himno que identifica al blanco y verde de mi tierra. Y no sé qué pasó.
Al son de una música conocida, que esta vez se acompañaba de quejío flamenco y son de palmas, las emociones se me llenaron de recuerdos y de imágenes. En un momento, sin quererlo, como si los trajera la música flotando entre sus efluvios, me asaltaron olores de especia y sabor a gazpacho. Tuve la dulce sensación de revivir, en una caricia, las manos encallecidas de mi abuelo y de devolver a una cocina de baldosas gastadas, las conversaciones sobre el hambre y la miseria, esas que tanto me aterrorizaban cuando era niña. 
Andaluces levantaos, decía el cantaor quebrando el alma y la guitarra, mientras yo me cosía sin pudor los volantes al alma, admirando a un pueblo que lleva una vida repartiendo dignidad por el mundo, volviendo al enfado de las burlas y los estereotipos gastados con los que siguen tratándonos, alegrándome porque somos puntal en muchas cosas, aunque por desgracia nuestros niños tengan que acabar marchándose.
"Qué contradictoria soy", pensé mientras aplaudía, procurando que nadie me viera guardar con un pañuelo los sentimientos. "Siempre me gana el corazón", me dije, saliendo del teatro, luchando por apagar la luz blanca de la sal de mi tierra que todavía continuaba encendida en la cabeza. "Pero qué suerte tengo", me sonreí, tarareando el son que llevaba aún prendido en la punta de la lengua.
Felicidades a mis paisanos y a toda la gente de fuera que sé que nos quiere. Feliz día de Andalucía.














martes, 9 de febrero de 2016

El nombre de la rosa

Esta vez, el ejercicio propuesto por Leonor en la tertulia ha sido diferente. No hemos partido de una imagen sino de un texto. Consistía en continuar con el relato a partir de un párrafo de la novela "El nombre de la rosa" de Umberto Eco. 
Como siempre, un ejercicio interesantísimo. Cada uno de los presentes viramos, en cuanto a la forma literaria, hacia un lugar diferente. Hubo humor, ironía, sentimiento o crítica social, dependiendo del gusto o la personalidad de los que escribían. En mi caso, decidí hacerle un homenaje al autor y a ese momento dulce en que se pone fin a una historia y la cabeza deja de bullir de forma hirviente. 
Ahí os lo dejo por si lo queréis leer. La primera parte ( en grafía diferente) se la he pedido prestada a Eco.






Me desperté cuando estaba por sonar la hora de la cena. Me sentía atontado por el sueño, porque el sueño diurno es como el pecado carnal: cuanto más dura, mayor es el deseo que se siente de él, pero la sensación que se tiene no es de felicidad, sino una mezcla de hartazgo y de insatisfacción.

Me senté a escribir sin pensarlo, con la armonía de la rutina y de los gestos repetidos.
La mesa estaba llena de hojas en blanco. La mayoría las había arrugado con rabia esa misma mañana, y en ese momento, a medida que la mente se ponía en marcha pausadamente, me hacía gracia observar aquella metáfora de otoño ocupando todo mi espacio.
Tuve la sensación de que la máquina de escribir me miraba con aire provocativo. “A ver si te atreves”, parecía lanzarme, dispuesta a hacer sonar la campanilla de final de renglón, determinada a no volver a permitirme aquel tecleo impertinente de la mañana, aquella onomatopeya del toc toc que no había dado ningún fruto.
Me pesaban los ojos. Llevaba demasiado tiempo dibujando el mundo sentado en idéntica posición, y había llegado a pensar que ni siquiera yo era ya la misma persona, que algo de aquel ambiente frío y tenebroso se me había metido en el cuerpo para quedarse a vivir.
Uní las manos y crují los dedos con gesto de pianista. Tomé un último folio con delicadeza, haciéndolo girar despacio mientras oía el quejido del carro. Me concentré en aquellas teclas blanco sobre negro en las que ya  había vertido un universo, y me entretuve en escribir la palabra fin muy despacio, en el centro de la hoja, con dignidad de letra mayúscula.

Nunca supe si aquella decisión fue producto del sueño intempestivo que había durado hasta la hora de la cena. Sólo sé que aquella tarde, entre folios descartados y sentimiento de hartazgo, juré que guardaría para siempre el secreto del nombre, de aquel que siempre queda cuando ya ni siquiera está la rosa.
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Me pesaban los ojos. Llevaba demasiado tiempo dibujando el
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domingo, 17 de enero de 2016

Al alba

Una de las actividades que más me gusta de la tertulia literaria de la que formo parte es un ejercicio que hacemos para obligarnos a escribir. Uno de los miembros sube una foto a la red y todos hacemos un pequeño relato, un poema, una reflexión...lo que en ese momento nos sugiera la imagen que vemos. 
La verdad es que es interesante porque el ejercicio termina cuando se leen los textos durante la siguiente reunión. Es curioso, la misma imagen, el mismo tema, y en cambio cada uno describe una escena tan distinta, que todos intuimos que está íntimamente ligada a su estilo escribiendo, a sus recuerdos o a su forma única y exclusiva de ver la vida. Este lunes, la foto es ésta: la luna posada delante del Real Observatorio de la Armada, en el trozo de cielo que nos corresponde a la gente de San Fernando. Ahí os dejo mi pequeñita aportación por si queréis leerla. Lo he titulado "Al alba".



Foto de: Rafael Ibáñez


Al alba

Dicen que la luna es coqueta.  
Dicen que le gusta que la observen  desde detrás de los cristales.
Por eso, mientras él se ajusta las lentes de mirar al infinito, ella le baila una danza mágica de cortejo. 
Dicen que él es muy serio.
Que le gusta descifrar números y multiplicar enigmas.
Por eso, mientras ella le guiña un ojo con sombra de cráter, él  se deshace en elogios tomándole medidas de sastre.
Cuentan que hay veces que se les pasan las horas.  Juntos los encuentra el día, con las primeras luces del alba.

domingo, 3 de enero de 2016

Los Reyes Magos


Hoy ha sido el día, hoy me he sentado a escribir la carta a los Reyes Magos. 
Como todos los años, he utilizado la pluma que pinta las palabras con mimo, cuidando muchísimo que la letra se entienda, que no confunda la vista cansada de sus majestades. La salud, esa la pido en sacos de cincuenta kilos, sin exigencias de embalaje ni lazos dorados; la alegría, el trabajo, hasta una "mijita" de éxito me he atrevido a implorar esta vez. Eso sí, con frases entrecomilladas para que se note el pudor que me produce el encargo.
Al final, sin ideas, muda por la emoción que siempre me produce dirigirme a los tres seres mágicos, me he decidido a plagiar la última frase de la carta de mi sobrino David, que para eso tiene la autoridad moral de ser en estos días lo que a mí me gustaría: un niño. Él termina diciendo, con muchísimo desparpajo: Bueno, Reyes Magos, si todo esto os parece poco, sorprendedme...

lunes, 28 de diciembre de 2015

Feliz 2016

Con la resaca de ternura que deja la Navidad, aquí ando, acomodando al 2015 en el cajón de la memoria. Primero lo he envuelto con mucho cuidado entre sábanas blancas con puntillas de hilo. Lo hago en honor a todo lo bonito que viví. Luego, he dejado muy cerquita, en un rinconcito del cajón de la cómoda, unos jabones con olor a manzana para que endulcen el aroma de aquello que me hizo daño. Espero que este 2016, que ya está colocado boca abajo en el útero materno del tiempo, traiga con él la alegría, la paz y sobre todo la esperanza.


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