jueves, 6 de marzo de 2014

Mi homenaje a Machado

Reconozco que llegué a Machado a través de Serrat. En mi defensa tengo que decir que por aquel entonces acababa de asomarme a los dieciséis, y la poesía sólo había llamado a mi puerta de forma académica y fastidiosa, disfrazada de deberes de colegio que sonaban a obligación.
En cambio, con aquella antología del cantautor que mi amiga Ana y yo nos compramos a medias, Machado se coló por mi vida con música de canción y se sentó en mi habitación de adolescente, donde todavía quedaba el vestigio de la niñez en el tono rosado de la pared y donde las ideas comenzaban a tomar forma, mirándonos desde los ojos oscuros de un poster del Ché.  Allí, sentadas en el suelo, después de salir de clase, las dos niñas que ya no queríamos ser, mezclamos una frase manida que nos alentaba a morir de pie con la cadencia de los versos de un poeta al que Serrat nos contaba que cubre el  polvo de un país vecino, un hombre del que apenas sabíamos nada, pero que nos atrapó con su forma sencilla y sonora  de hablar de la muerte y de la vida.
Tengo la sensación de que antes siquiera de conocer la importancia de Machado en la literatura, en mi rebeldía recién estrenada se fueron instalando muy despacio las rimas de una verdad que aun hoy sigue viva; y que de alguna manera, oyéndolo tomé partido, en una estrofa incrustada de desesperanza, por una de las dos Españas que el frío de una guerra nos dejó en el corazón.
Ahora, cuando miro la huellas marcadas en la senda que nunca he de volver a pisar, el sentimiento me dice que  recordar a Machado es honrar la memoria, la nuestra, la de todos; es celebrar la cultura y caer rendidos ante el ritmo armonioso de sus sinalefas. Cúanto me gustaría hacerle llegar al poeta mi convicción absoluta de que a pesar de que lo nuestro es pasar, todo pasa, es verdad, pero también todo queda.
Como en aquella habitación de hace ya tantos años, la tertulia literaria de ayer consiguió que Antonio volviera a sentarse a mi lado, me hipnotizara nuevamente con el mágico hechizo de su literatura y me invitara a aspirar el aroma de un limonero, aquel donde maduraron sus recuerdos de un patio de Sevilla.


“Algunos lienzos del recuerdo tienen
Luz de jardín y soledad de campo;
La placidez del sueño
En el paisaje familiar soñado”. 
                                                 A. Machado
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