domingo, 2 de agosto de 2015

Islacultura 2015

El viernes por la tarde-noche viví una experiencia muy bonita. El lugar era mágico, el ambiente encantador y me consta que todos los que estábamos pusimos lo mejor de nosotros para que el momento saliera perfecto. Fue un encuentro realizado en San Fernando, La Isla, como nos gusta llamar a mi ciudad los que la queremos, en el que participamos personas que nos dedicamos de una u otra manera al arte, a la cultura, a esa forma especial de sentir la vida que te hace lanzarte de forma altruista, sin otra compensación que el aplauso de los que estaban, a subirte a un escenario y esperar las emociones.
Gracias a todos por estar. No hay nada mejor en el mundo que ser feliz y el viernes lo conseguí gracias a vosotros.
Os dejo mi pequeña aportación, un relatito corto que leí describiendo un sentimiento que creo que compartimos todos los que somos de esta tierra. 
Gracias


viernes, 17 de julio de 2015

Levante de feria

En días como el de hoy, no puedo evitar recordar algunas de esas películas americanas de ambiente asfixiante, esas en las que el calor, como protagonista, tomaba las riendas del argumento creando un ambiente pegajoso, y donde se perseguía a un hombre de piel oscura o a un guapísimo Robert Redford. 
Además, en mi pueblo, porque es feria y forma parte de la tradición como la procesión marinera o los fuegos artificiales, el levante se ha instalado sobre las casetas de telas de rayas y por entre los volantes de un vestido de flamenca. 
Ya se insinuó anoche, suave pero persistente. Lo descubrí haciendo ondear las banderas y removiendo los farolillos que -cuestión de modas- cada vez abundan menos en el recinto ferial. Iba y venía, susurrándome al oído que andaba rondando la Calle Real, la Ronda del Estero y el Caño Dieciocho, que venía para cortejar a la Isla, que es como llamamos a San Fernando, me decía con la voz de los sueños, los que de verdad la queremos. 
La madrugada se había sentado ya en la música de las orquestas y en el son de las sevillanas cuando me volví a casa, dejando a ese viento cálido agazapado, esperando el momento para lucirse, calculando el instante de gloria en el que entrar secando esteros y arrastrando nubes. 
Dicen los que lo aprendieron en las huertas de afuera y las revueltas de periquillo que el levante juevero no es dominguero. Espero, por el bien de nuestras ganas de playa, que aquellos primeros piropos galantes que anoche sentí, cumplieran con el horario y no se hubieran colado, ya en viernes, en las manecillas del reloj de las ramas de sapina que adornan las marismas de mi tierra. Que hay mucha playa que recorrer y mucho chiringuito que disfrutar. 
Levantito, pórtate, que tu amigo el calor aprieta.

martes, 23 de junio de 2015

La estación

Hay días que me descubro observando la vida como si viviera en una estación. 
Me imagino sentada en un banco, que no sé por qué alguien pintó del verde con el que se alimenta la esperanza, y me acurruco dentro de mí misma, en una esquina de la emoción donde apenas llegan las palabras.
La primera sensación que me alcanza es la turbación cercana de los que esperan que algo ocurra, de los que comparten conmigo andén. Andan alborotados. Creen que la locomotora les dejará, envuelto entre sus silbidos, todo aquello que siempre esperaron. Y supongo que es tanto el tiempo invertido, que tengo la certeza de que a veces la memoria les juega la mala pasada de no saber ya qué esperan. Otros, los más afortunados, pululan por allí porque se aferran a la seguridad de que esta vez comienza para ellos el viaje, el momento mágico que los llevará adonde creen que nunca fue nadie, al lugar donde comienzan los sueños.
Un rato más tarde se instalan en mis sentidos, abotargados por la impresión de lo vivido, los sonidos, los olores, la sensación conmovedora de que algo está a punto de ocurrir en aquel apeadero a donde no sé bien cómo he llegado. Se cuelan por mis oídos y mi nariz con la desfachatez del ladronzuelo al que nunca pilla nadie.
Y entonces llega resoplando el tren. No sé muy bien el aspecto que tiene. Apenas me fijo cuando pasa traqueteando con un ruido metálico que me chirría dentro del alma. A duras penas advierto el aspecto brillante de la pintura que acicala su armadura, aquella con la que me revela su nombre. Son ellos los que llaman profundamente mi atención. Esos pasajeros iluminados por la luz fluorescente de los habitáculos que nunca atisbé, aquellas caras con sonrisa que me miran desde dentro de los vagones, dejándome claro en el segundo que dura su viaje por delante de mis pupilas, que hay otro mundo en otro lugar y es del que ellos vienen o es al que ellos van.
Luego se hace el silencio de nuevo, se acallan las voces, se van los que esperaban con la desilusión en los ojos vencidos. "Otra vez pasó de largo", oigo que dicen algunos, mientras los veo alejarse arrastrando la maleta cargada.
Entonces, dulcemente, me despierto.

domingo, 14 de junio de 2015

Sobremesa

Conversación de sobremesa de mi sobrina Ángela (13 años) y mi madre (77)
Ángela:  Abuela, en mi clase hay un niño gay y una niña bisexual.
Mi madre: Gay sí lo entiendo, pero ¿bisexual, chiquilla? ¿eso cómo es?
Ángela: Abuela, hija, que le gustan las mujeres y los hombres.
Mi madre: Ah...ya...bueno, entonces (y ahí pasa al susurro) ¿yo qué soy, hija?
Ángela: Hetero, abuela, tú eres hetero
Mi madre: Ah...yo por saberlo, vamos.

Jajajaja...mi familia no tiene remedio.

lunes, 1 de junio de 2015

El recital de Yolanda

Yolanda es una persona estupenda. Detrás de su sonrisa tímida hay una mujer luchadora que es capaz de enrolarse en la empresa del compromiso y la solidaridad a costa de su esfuerzo y su trabajo.
El sábado participé en un recital que organizó en Cádiz, en colaboración con ACNUR, con la intención de recaudar fondos y de aportar un granito de arena (modesto, pero cargado de sentimientos) para la desgracia que ha ocurrido en Nepal donde todavía hay miles de personas desamparadas suplicando que alguien les ayude.
Me gustaría dejaros el pequeño texto que escribí para mi intervención de ayer. Esta vez os lo dejo en audio. Es un audio casero, de tablet y grabadora,  al que he añadido algunas imágenes.  Ahí os lo dejo.
Muchas gracias, Yolanda, por contar conmigo. Ha sido todo un honor.





jueves, 28 de mayo de 2015

Despedidas

Sé que mañana la alarma del despertador dejará un aroma a despedida que inundará toda la casa. No será un olor agradable y dulzón como el de la fruta recién cortada, ni siquiera fuerte y oscuro, como el del humo del café. Estoy segura de que mañana el aire se impregnará de un olor agrio, de un sabor áspero, de un ligero amargor del que se agarra a la garganta y la atenaza con fuerza.
Ayer ya hubo tiempo para los adioses regados con cerveza fresca y anécdotas para recordar; mañana será el momento de recoger los últimos caramelos del cajón de la mesa compartida, los primeros números de teléfonos que aún no habíamos apuntado en esa agenda que nos vertebra la vida.
Así, con un aire gris -pensaré cuando el soniquete del reloj me revolotee por los oídos-  de esta manera tan cotidiana y a la vez tan tristona termina aquello que empezó, este tiempo de trabajo que me ha devuelto, por unos instantes, a la vida.
No me gustan las despedidas, los que me conocen lo saben. Siempre me marcho de los lugares antes de que me pille la tristeza desprevenida, antes de que el pellizco de la melancolía se dé cuenta de que me siento desvalida. Por esa misma razón he decidido escribir hoy este adiós que probablemente mañana no diré, porque quiero hacerlo antes de que empiece el tiempo del descuento hacia atrás en los minutos, antes de que toque aguantar el tirón y hacer como que nada importa nada; mucho antes de que necesite mantener engañado al corazón.

Os deseo toda la suerte del mundo "compis". 

sábado, 23 de mayo de 2015

La leyenda


“Cuenta la leyenda que hay noches en las que se juntan las estrellas”, le dice bajito a la niña, repitiendo como cada día el rito de saludar al sueño con un cuento de hadas.
 “Dicen que andan perplejos los astrónomos, que se pasan la vida observando por enormes telescopios y revolviendo entre precisos instrumentos; buscando una razón que les haga entender, al fin, ese fenómeno extraño”, le sigue contando mientras la pequeña la observa con los ojos muy abiertos y la inocencia estrenada.
“Entonces, cuando eso ocurre, la gente sale al campo y se sienta en las orillas de las playas. Nadie quiere perderse el espectáculo extraño de las luces concentradas en un punto lejano, de esa oscuridad tiñendo al mundo que queda huérfano de madrugada”.
“Luego, cuando todo termina, en la siguiente mañana, los periódicos se hacen eco, la televisión vende noticias y el mundo entero habla de esa noche especial en la que los astros se unieron”.
“ ¿Sabes qué?,  yo creo que sé lo que ocurre”, le dice con un aire de misterio que a ella misma le sorprende.  “¿Sí, mamá?, ¿lo sabes?” Pregunta la niña, radiante de sonrisas que iluminan la almohada.

"Dicen los viejos que son noches especiales, corazón, que hay veces que los planetas enmudecen y las estrellas se abrazan. El viento arrastra un murmullo que suena a rima de versos y sones de metáforas. Son los poetas, amor mío, cuando suben al cielo, los que cantan sus versos hasta despuntar el alba”. 


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