sábado, 16 de febrero de 2013

Tardes de pijama

La gente que me conoce sabe que soy una persona muy activa. Siempre he sido de dormir poco y mis amigos están acostumbrados a encontrarme por facebook a las "claritas" del día. A excepción de algunas series y algún programa de actualidad, no soy mucho de tele, así que no hay día que no esté inventando un proyecto, que no tenga algo que leer o sobre todo, algo que hacer en el ordenador, que reconozco es mi pasión.
Claro, si a esto sumamos que soy un ama de casa con familia y que el colegio de mis hijos sobre todo el del  pequeño, las compras y el cable en las tareas de casa ocupa una parte importante de mi tiempo, reconozco que hay veces que voy un poco forzando la máquina.
Ahí es donde me doy cuenta de lo sabia que es la naturaleza y de cómo de perfecto es el mecanismo que mueve al ser humano. Cada cierto tiempo, no puedo predecir ni hacer el recuento de cuanto pasa entre una vez y otra, mi mente y mi cuerpo se disocian. Es como si anduvieran a la gresca y yo en un alarde literario, me imagino al cerebro altanero pretendiendo continuar con la actividad que le mantiene alerta y a los pobres músculos corporales exigiendo no ser tratados como unos mindundis por ese ser omnipresente que los mueve a su antojo. E incluso en medio del cansancio que me ahoga, se me va la cabeza inventando diálogos teatrales entre el centro del dolor que martillea mi cabeza y la parte activa de mis células grises que se resiste a quedarse en off. Entonces, de repente, siento como si algo fallara por dentro y a eso de las tres, las quince en el reloj digital casio, una fuerza incontrolable me dirige hacia la cama como una autómata, sin posibilidad de réplica ni voluntad.
Esas son las tardes que yo llamo de pijama, sí, porque soy muy fina, sé que en el habla coloquial se llaman tardes de pijama y orinal, por las horas que tarda una en levantarse. Son esos momentos en que el cerebro a mí particularmente no me responde, sólo habla el cansancio extremo que me obliga a dormir una siesta reparadora con pijama, bajada de persiana y sueño profundo. Ha sido así toda la vida y sigue resultándome curioso. Es el todo o la nada, es el no hay más remedio que me deja cao. 
Alguna vez ha coincidido que en esas horas de sueño intenso ha llamado alguien a casa, mis hermanas, alguna amiga de las que me conocen muy bien, alguien que luego me ha preguntado sorprendida ¿tú durmiendo? ¿pero estás enferma? No, no, sólo cansada, respondo un poco picada con mi parte superwoman que me dejó abandonada.
Y entonces me levanto renovada, me sacudo los bostezos y me refresco la cara. Ya estoy preparada, me digo mirando el espejo, para una nueva temporada.

2 comentarios:

JUAN dijo...

En primer lugar te felicito por este excelente ejercicio de redacción. Te imagino escrbiendo sobre el día a día intentando hacer de lo banal algo extraordinario. Lo consigues, amiga mía.
Me ha gustado mucho leer sobre un tema que conozco a la perfección: yo también duermo la siesta un parde horas como mínimo, a pesar de que los empleados de las distintas operadoras me la chafan casi siempre ofreciéndome mejoras en mi contrato de móvil e internet.
Te felicito una vez más y te deseo un feliz fin de semana. Un beso

Mamen dijo...

El elogio de lo cotidiano, Juan.
Yo también te deseo un buen domingo

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