domingo, 10 de mayo de 2015

Manuel y la vida

Manuel entendió tarde que la vida no es más que un momento, un segundo hilvanado sobre una esfera por las delgadas agujas del reloj. Así que un día, asustado por la brevedad de lo vivido, decidió saltar la valla de la realidad y salir al camino a esperarla. Iba resuelto a pedirle a la vida una tregua, un tiempo de descuento con el que conseguir todo aquello que había dejado por hacer, todos los sueños que andaban todavía sin cumplir.
A la orilla del sendero por donde creía que la vida pasaría sin remedio, se sentó a mirar caer las hojas del bosque. Sintió sobre él la lluvia del amanecer que lo empapaba de forma intermitente. Sonrió al sol de mediodía que encendió el cielo de luz, y despidió con un deje de ternura a la tormenta. Escuchó nacer la noche entre el fastuoso fulgor de las estrellas, y dejó pasar el tiempo…esperando.
 Pero la vida no pasó por allí a pesar de su insistencia, no la vio venir, como esperaba, por el sendero, en ninguna de aquellas noches en vela. ¡Es que la vida no llega!, le dijeron los viejos del pueblo a la vuelta con una sonrisa de sorna, ella siempre está.

Manuel, al que parecía pesarle en el alma el tiempo perdido, retornó con rapidez a sus sueños, a sus ilusiones, a las cosas por hacer. Y allá abajo, en un cajón escondido en el fondo de su corazón, mantuvo fresco siempre el recuerdo del bosque, ese donde aprendió que no hay tiempo de prórroga,  que no se puede esperar, que la vida no llega, que la vida se va.

lunes, 27 de abril de 2015

La nota

Desde que decidí, hace ya tanto tiempo que ni siquiera sería capaz de recordar la fecha exacta, que quería estudiar Historia, reconozco que ha habido días en mi vida en los que me he arrepentido de haber tomado ese camino.
La mía es una profesión difícil, de eso no cabe duda. Supongo que debe serlo en cualquier parte del mundo, pero es evidente que se convierte en algo mucho más complicado en un país como España, un lugar donde está demostrado que la Historia y la Cultura, esas dos disciplinas que deberían escribirse con mayúsculas, no sirven muchas veces nada más que para dar quebraderos de cabeza a quien nos manda, para parar las obras del centro comercial por la inoportuna aparición de un yacimiento arqueológico, o para engrosar de forma descomunal la cola del paro a la que hay que disfrazar con estadísticas absurdas.
A menudo, cuando comparto reunión con los amigos que han conseguido eso que se llama "triunfar en la vida", cuando celebro ascensos y escucho hablar de viajes maravillosos que yo no podré permitirme nunca, me planteo no una, sino mil veces, cómo se me ocurrió creer que iba a ser capaz de ganarme la vida de manera estable con una profesión tan denostada, tan poco apoyada institucionalmente, tan dependiente de unas oposiciones que si hago cuentas, se han pasado congeladas o amañadas casi la mitad del tiempo que llevo en activo. Creo que ese es el peor de los momentos, es la hora en la que el espíritu se vuelve débil, y alguna vez, como en los pasajes bíblicos, también yo reniego de aquello en lo que creí de forma ciega.´
Lo que ocurre es que de repente llega un día, uno de esos en los que parece que la vida pasa sin dejarse notar, y un golpe de aire fresco mueve las cortinas del balcón del corazón. Una nota escrita por alguien en el siglo XVIII, un pequeño trozo de papel que probablemente nadie más que esa persona y tú ha leído desde hace más de doscientos años, un trozo autógrafo de la vida de alguien, aparece entre las páginas de un libro. Os puedo asegurar que entonces la adrenalina se dispara, las manos tiemblan y aquellas letras escritas a pluma con una tinta de color oscuro que casi traspasa el papel, se graban con buril en la tablilla de nuestra memoria, en ese lugar que debe existir en el cerebro, y que destinamos a inscribir los grandes acontecimientos. "A 25 de diciembre"...voy leyendo en el trozo de papel amarillento, mientras empiezo a poner en marcha en mi imaginación, el artículo que escribiré para dar forma y contar lo que aporta al mundo eso que alguien me cuenta.
Estoy convencida de que la Historia bien narrada es un maravilloso cuento de hadas. He podido comprobarlo a menudo. Muchas veces, en esas reuniones en las que comparto éxitos y celebro viajes, he notado que se hace el silencio cuando empiezo, despacito, a relatar el cuento, cuando voy desgranando la historia verdadera que sé de un barco que desapareció si dejar rastro, de una pareja que descansa abrazada en el Museo de mi pueblo, de un hombre que dejó una nota en un papel en 1767 para que yo hoy pueda leerla. 
Tengo que decir que entonces, como tantas otras veces, las aguas vuelven a su cauce y me reencuentro conmigo misma y con la ilusión que en realidad nunca perdí. Se me olvida la vergüenza de seguir dando tumbos laborales a esta edad y hago la cuenta matemática de todo lo que los sitios maravillosos en los que he trabajado me han aportado al espíritu. 
Es verdad, sé lo que estaréis pensando, todos lleváis razón en que esto de la Historia dinero no da. Pero, de verdad, no os podéis imaginar lo que ofrece en satisfacciones.

lunes, 6 de abril de 2015

Las palabras hirientes

Más de una vez -cada uno es como es, qué queréis que os diga- me entretengo en buscar en el diccionario el significado de las palabras hirientes.
Ando siempre preguntándome, porque todavía no he hallado la respuesta, si son ellas solas las que pueden mutilar el alma, o si al igual que los cuchillos de doble filo o los revólveres del oeste,  las palabras permanecen inofensivas mientras están inertes, e inocentes mientras las dejamos inanimadas.
Esa es la razón de mi búsqueda. Me apasiona encontrarlas allí, en el lugar donde nacieron, sin la contaminación lingüística de la frase de la que forman parte, ni el ruido de fondo del argumento que hace recaer en ellas su fuerza. Entonces, en ese momento de encuentro, me encanta el ejercicio de nombrarlas en alto, me apasiona comprobar la cadencia de su sonido y la negrura de su significado. 
Ignominioso, ruin, zafio...suenan hasta bonitas cuando se dicen al azar, sin pensar...lerda, desvergonzada...esas son peor sonantes, pero ni siquiera se acercan al daño que pueden infringir cuando van dentro de un párrafo.
Últimamente las redes sociales se están convirtiendo en un campo minado en el que todo vale. Cualquiera, al amparo del cristal de una pantalla, aprovecha ese momentito de gloria que le permite un comentario para zamparse a gusto, sobre todo con el "políticamente" contrario. Parece ser que ahí no hay reglas de cortesía ni se tiene en cuenta el decoro. 
Reconozco que cada vez me cuesta más entrar al hilo de una conversación de cualquier tema, pero sobre todo del político. Y es una pena, porque soy de las que creen que siempre hay que darle una oportunidad a las palabras. Desgraciadamente, han hecho que no me merezca la pena tanto insultador gratuito con los que me acabo topando, tanto agresor de lengua locuaz que deja claro lo que esconde en el oscuro rincón de donde sale su agravio. Nunca los bloqueo, es superior a mí. Creo en la democracia, en la libertad de expresión y no me gustan las leyes que nos amordazan. A veces, incluso les permito sembrar en mi cabeza la semilla del malestar. De un tiempo a esta parte son muchas las veces que callo, y eso me hace sentirme del grupo cobarde de los que otorgan. 
Espero que las aguas se calmen y los cauces devuelvan su sitio al río. Mientras tanto, hoy, como muchas tardes, voy a leer en alto la palabra "impresentable" en la I de mi diccionario.

viernes, 20 de marzo de 2015

Lluvia

Hace dos tardes, probablemente una de las que más ha llovido en el año, tuve la valentía de lanzarme a la calle.
El día había sido ajetreado. El Planeta, a esas alturas de la rotación, apenas llevaba moviéndose  once o doce horas desde que me puse en pie, y no sé por qué, tenía la sensación de que mi cabeza le llevaba  ventaja al astro madre en ese aturdidor ejercicio de girar: madrugón, compras, casa, paraguas, lluvia…
De repente, en un momento que no podría situar en la esfera del reloj que siempre va conmigo, el coche quedó perfectamente aparcado, las luces apagadas y la llave girada. Entonces, como en los encantamientos y los sortilegios, el mundo se paró.
Note que el viento hacía notar su presencia sutilmente, quejándose con un gruñido desvalido. La lluvia, como un animal salvaje, se adueñó ferozmente del silencio. Su repiqueteo me transportó a una tediosa tarde de verano y al teclado de una vieja máquina de escribir. QWERT…POIUY transcribía sobre el techo del coche, escondiéndome tras un manto líquido que se volvía cada vez más denso. Y la melancolía, un sentimiento al que siempre recordaba triste, por primera vez en mi vida, me hizo sentir bien.

Todavía no puedo explicar qué pasó. Reconozco que ni siquiera me gustaría entender qué ocurrió en aquel útero materno en el que el tiempo se descontó. Sólo sé que allí, a cubierto y a salvo de todos los males urdidos, fui, de repente, extremadamente feliz. 

domingo, 15 de marzo de 2015

Lunes

¿Preparados para ir a por el el lunes? ¿No?
Pues no hay más remedio. Así que no olvidaros de "supervitaminarse" y "mineralizarse".  No creo que haya nada más gratificante en el mundo que salir a "comerse" la vida.

domingo, 8 de marzo de 2015

Hace unos días, en una de esas charlas en las que disfruto debatiendo y de las que siempre salgo con algo aprendido, un amigo se quejaba de que las mujeres tuviéramos un día señalado en el calendario. ¿Y por qué no los hombres?, argumentaba, ¿es que no nos lo merecemos?
La verdad es que en parte lleva razón. En estas cuestiones, le decía yo, siempre pagan justos por pecadores, y es una realidad que cuando se generaliza, se comete una injusticia. Ni por desgracia todas las mujeres son dignas de tener un día, ni afortunadamente todos los hombres pueden ser tachados de machistas o contribuyen a que se siga propiciando la desigualdad. 
Ojalá, le contestaba yo, ojalá llegue el momento en que no haya que celebrar el día de la mujer, ni el de la infancia, ni el del cáncer, porque eso sería señal de que hemos conseguido el equilibrio entre géneros, la cura de las enfermedades y la sociedad perfecta.
Pero es evidente que aunque ambos sexos hemos sufrido por culpa de unos roles que vienen establecidos desde antes de que fuéramos "Historia", tenemos que enfocar las reivindicaciones y los recordatorios hacia el débil, hacia aquellas que todavía hoy en día siguen sufriendo discriminación en el trabajo, en la vida social, y lo que es peor y más doloroso, en la familiar.
"Qué lentitud conduciendo, mujer tenía que ser".
"No, no, yo todavía barrer, anda, pero la plancha, eso es cosa de mujeres".
"Para pasar esta entrevista necesitamos otro dato: ¿Tiene novio? ¿Piensa tenerlo?"
"Mi pareja es muy celoso, pero es porque me quiere"
"No puedo ir con vosotras, a mi marido no le gusta que esté en la calle de noche".
Este es el día a día de muchísimas mujeres. Y no son, porque no quiero entrar en el tópico, ninguna de las que salen a diario en la prensa, muertas en medio de la calle a manos de alguien a quien posiblemente amaron. Hablo de las que todos conocemos, de las que son nuestras amigas, nuestras madres... mujeres a las que vemos desenvolverse, resignadas porque siempre le han dicho que es que la vida es así, orgullosas (porque además es justo que lo estén) de su magnífico papel de madre, hija, esposa, amiga, enfermera, profesional en su trabajo...pero a las que a veces se les olvida dónde dejaron un día de hace tiempo, la palabra libertad.
Hoy es el día de recordar ese sacrificio, esa forma de afrontar los problemas, ese valor tan femenino para plantarse ante la vida de frente. Por todas y para todas me uno a la festividad del almanaque. Les deseo mi más sincera felicitación a aquellas a las que no conozco, pero de forma muy especial, a esas que forman parte de mi vida: a mi madre y a mis tías que se reúnen para reírse de cuando no estaba bien que entraran solas a un bar, a mis hermanas y mis cuñadas que están empeñadas en educar a sus niños y niñas en la igualdad, y en especial a mi hija y a todas mis sobrinas, a las que quiero, por encima de todo, libres.
Muchísimas felicidades. Estoy muy orgullosa de vosotras.

miércoles, 4 de marzo de 2015

Aquí y Ahora

Hoy he asistido a una conferencia titulada "Aquí y Ahora".
Me apetecía tanto por el tema y por la ponente, que me he tomado un día de vacaciones y me he sentado expectante en el Centro de Congresos de mi ciudad, con mi amiga Mónica, a escuchar lo que una persona con un curriculum maravilloso a sus espaldas en temas de Igualdad, venía a contarnos dentro de los actos conmemorativos del Día de la Mujer.
Ana Alonso Lorente, Presidenta de la Federación Andaluza de Mujeres Empresarias, Presidenta del Consejo Social de la Universidad de Cádiz, entre otros muchos cargos, nos propuso viajar con ella a través de la Historia, para descubrir el papel que la mujer ha jugado en la sociedad durante los distintos períodos en los que hemos dividido el tiempo. 
Ha sido un rato ameno, interesante. Todos los presentes hemos sobrevolado, de su mano, por las cuevas del Paleolítico, la Grecia de Aristóteles, el siglo XIX o lo que hoy nos ha tocado vivir, buscando la huella que las mujeres han ido dejando a través de los siglos. Ha dibujado un paréntesis en la vida cotidiana de cada cual, para ayudarnos a entender de qué manera, unos roles establecidos siguen causando un daño profundo a ambos sexos, ocultando bajo un velo opaco a las mujeres y atrapando a los hombres en una red de demostraciones de masculinidad y obligaciones de protección que ellos mismos han urdido. 
Pero además, para mí la conferencia ha sido hoy muy especial. En un primer momento, que la ponente ha dedicado al agradecimiento, a la felicitación por el trabajo en Igualdad de la corporación,  y a la alegría que ha sentido al reencontrarse con personas a las que ya conocía. ante mi sorpresa más absoluta, en esa enumeración  la he oído decir: y con la escritora de La Isla M. Carmen Orcero, cuyo libro "El suave olor de las magnolias" recomiendo porque lo he leído y me ha encantado.
Creo sinceramente que en ese momento, el auditorio entero ha girado dentro de mi cabeza. Delante de su experiencia, de su trayectoria profesional y de su elegancia me he quedado pequeñita sentada en aquel sillón. Y por eso estoy aquí, porque me encantaría hacerle llegar mi agradecimiento.
Querida Ana: creo sinceramente que son estas cosas pequeñas las que hacen grandes a las personas. Hay que conocer tu curriculum profesional y la valía que tienes en el mundo en el que te mueves, para entender el orgullo que me ha producido no sólo el hecho de que hayas pronunciado esas palabras en voz alta, sino también ese "de verdad,lo he disfrutado mucho",  que me has regalado después en privado. Gracias, de corazón. Sabes que sin ninguna duda formarás parte de ese tiempo para recordar del que últimamente hablo mucho.
Un beso enorme.
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