sábado, 28 de febrero de 2015

Feliz día

Mañana brillante, soleada, de paseo. Andalucía se ha despertado con ganas de vivir, con ganas de seguir soñando que el futuro es posible, que la palabra esperanza lleva el color tatuado en la bandera y que el blanco de la cal de los pueblos y de la sal de dos mares nos van a dar luz suficiente para continuar el camino. 
Feliz día de Andalucía, paisanos.

sábado, 14 de febrero de 2015

Gente buena

Tengo la suerte, la enorme suerte, de conocer gente buena.
Se les reconoce enseguida porque desprenden ternura. Se les ve venir, aunque la mayoría de las veces no andan por el mundo pretendiendo destacar, ni contando a los cuatro vientos en qué consiste ese acto bondadoso que llevan a cabo. Se las conoce, si tienes la sensibilidad de mirar en el fondo de la oscuridad de sus ojos, por esa forma discreta y distinta que tienen algunas de observar la vida.
Continuamente pienso que debería parar en seco el autobús con el que viajo, que debería bajar las revoluciones y aprovechar la enorme oportunidad de aprender un poquito de aquellas a las que disfruto, de las que están entre mis amigos, entre mi familia. Unas veces aparecen encarnadas en un ángel que aparca su vida para cuidar a los demás mientras la vida le gana batallas; otras, en un amigo que pierde de forma injusta el trabajo sin que la rabia lo cambie, sin dejarse olvidada la cancioncilla tarareada o la sonrisa sincera; en más de una ocasión, todas esas personas están revestidas de una bondad que se esconde en el llanto sincero, en el que sabes que no es artificio ni disfraz, sino que sale del alma.
Hace tiempo que dejé de creer. Ya lo sabéis. Sólo sé que es injusto que la vida siga golpeando sin piedad a estas personas, cuando hay tanto sinvergüenza sobre los que el universo debería hacer recaer su ira. Sería lo lógico ¿verdad?, lo justo. No sé qué me ocurre hoy, tal vez sea que el día está gris, que la cabeza anda desde hace unos días descolocada, o simplemente, que hace tiempo que dejé de creer.

sábado, 24 de enero de 2015

Desamor

Hay días que siento la imperiosa necesidad de escribir. No puedo explicar el motivo. Es algo que no entiendo, como el desasosiego, la antimateria  o las derivadas matemáticas. Entonces me siento y ensayo cualquier ejercicio. A veces busco una palabra, un sonido o un vacío para dejarme llevar. Hoy la palabra ha sido desamor y sin quererlo, ha surgido este trocito de sentimiento. Os lo dejo.
Ah...antes de que haya llamadas de susto o mensajes de tristeza, que quede claro...no es autobiográfico...(risas)...¿mi marido?, bien gracias....jajajaja

Desamor

"Tengo que desconectar de ti", le dije emulando la frase de una de esas películas que a mí me gustaban y él detestaba."Tengo que tomarme un tiempo", volví a hablar de nuevo, mientras sentía claramente al desamor rechinando los dientes.
Ahora, cuando amenazan los recuerdos y duelen como clavos las certezas, sé que fue él quien paró el tiempo en aquel terrorífico segundo, y que soy yo la que anda masticando por racimos las tristezas.

jueves, 15 de enero de 2015

Frágiles



No me acostumbro a la idea de la fragilidad. Nunca me acuerdo, nunca nos acordamos.
Giramos sin parar, sentados  sobre las manecillas de un reloj, sin ser conscientes de lo fácilmente que se parten los hilos que nos tienen hilvanada la vida. Andamos peleando guerras absurdas en las que el final de una batalla se encabalga con el inicio de la que está por llegar, dejando esparcido un olor acre a pólvora que enturbia el ambiente. Nos creemos los reyes de un mundo que es tan pequeño, como la parte del cerebro que lo ha creado a medias con el corazón. Caminamos poniendo la espalda recta, con aire ensayado de líder de algo que aún no hemos inventado, con la seguridad del que piensa que tiene el mundo bajo control.
Pero de repente, el destino, la casualidad, lo que tenía que pasar acaba pasando y un día el lobo se revuelve enseñándonos de manera provocativa los dientes. Una enfermedad, un accidente, un atentado, una mala suerte indefinida pero dolorosa nos planta cara sin pudor, sin aviso ni misericordia. Somos nosotros mismos o la gente a la que quieres, la que anda por la cuerda floja del peligro, mientras el reloj  para en seco el segundero del tic tac, el cielo se viste de un color gris ceniciento y el sol, como un enemigo traidor, nos abandona para esconderse.
Ahí ya nada vale nada. No hay diferencias de ricos y pobres. No hay palabras lisonjeras, amores apasionados ni calor de madre que apague esta sensación de vacío que se apodera de ti. Es una experiencia agria, pero que nos invita a pensar. Os advierto que hay que tener cuidado porque sólo tenemos unos minutos para la reflexión, sólo nos damos a nosotros mismos un momento, antes de que la vida nos devuelva al rutinario pasar de las horas de contienda, antes de que volvamos a olvidarnos de presagiar que estamos aquí de paso, que igual esta vez sólo nos ha rozado, pero que en la vitrina de cristal en la que soñamos vivir, únicamente somos unos seres frágiles.

domingo, 11 de enero de 2015

Rutina




Bienvenidos seáis a la rutina.
Se acabaron los buenos deseos, se terminó el dulzón sabor del chocolate de las meriendas familiares y el azúcar del postre de las comidas de la amistad. Es lo que hay.
Enero ha venido para quedarse, al menos de momento. Hemos visto bajar por la cuesta la espalda del rey Baltasar y hemos devuelto al altillo, perfectamente ordenados, los adornos de estrellas brillantes y las luces de la ilusión.
Para unos, la vuelta al cole, para otros, el regreso al vacío; para casi todos, la terrorífica sensación de que nada ha cambiado después de las campanadas, la total y absoluta convicción de que hay que empezar a afilar los cuchillos porque la vida no concede tregua.
Yo, exactamente igual que hace un mes, sigo celebrando la sensación de estar, el enorme privilegio de sentir que mi gente, mis amigos y esta que os "habla", nos despertamos, esta mañana, una vez más. 

miércoles, 24 de diciembre de 2014

El resquicio de mi ventana


Y la Navidad se coló de nuevo por el resquicio de mi ventana. 
Fue como la luz suave del amanecer que reta a la oscuridad de la habitación donde habito, como el olor salado de las marismas que se entremete, jugando con los sentidos, hasta el fondo del alma. 
Sé lo que dice la cabeza, y la entiendo, sin tener que hacer un esfuerzo de titanes. Probablemente, nada cambiará de aquí a mañana, ni a pasado. Presagio, con terrible certeza, que el año nuevo no va a llenar de paz los corazones, ni de comidas las despensas vacías. Pero me gusta escuchar hablar al corazón de vez en cuando. Lo necesito porque me hace sentirme viva.
No habléis en voz alta, por favor. Shhhhh...Dejadme soñar.
Felices fiestas.

lunes, 8 de diciembre de 2014

A veces

A veces la vida se porta bien. Entonces, cuando está de buenas, todos sabemos perfectamente que sólo alguien como ella conoce la manera de hacerte sentir diferente, sólo ella, con el baúl de las sorpresas y la caja de las artimañas, es capaz de situarte en la cima del Universo desconocido, en el lugar fascinante donde confluyen los ríos. 
Es sencillo dejarse llevar, tú lo sabes, pero la voluntad no te acompaña, a pesar de que estás seguro de que la caída libre siempre produce vértigo. Por eso cierras los ojos pensando, mañana será diferente, mañana volveré a ser de nuevo, mientras susurra bajito: dejadme que sueñe.  
Yo para esos momentos he inventado un truco que de momento va bien. Consiste en llenar mis bolsillos de tierra. No sé de dónde saqué la idea ni quien me la sugirió. A veces, incluso me convenzo de que es mía, confundida por la efectividad del resultado conseguido. Es la tierra del lugar donde nací la que sube conmigo al espacio infinito donde me lleva la vida. Es una mezcla de estrato arenoso en la que crece la flora de las marismas que rodean mis entornos. Es un trozo de lo que soy el que se viene conmigo al vacío. 
Sé que no es un truco muy original, tal vez hasta os cause risa porque es verdad que tampoco el impulso es tan grande para olvidar las raíces. Pero siempre he pensado que los saltos no pueden medirse tan sólo por la distancia, sino que hay veces que también hay que calificar el ímpetu. Y para eso yo llevo mi tierra en el bolsillo del alma. Así, mientras una mano se estira, empeñada en alcanzar el algodón de azúcar que ofrecen las nubes, la otra se queda guardada en el bolsillo mágico con el que avanzo por el camino, removiendo con las uñas los granos de arena donde reposan mis pies.
No tengo ningún miedo a que el aire remueva mi pelo al regreso de la aventura. No os preocupéis la gente de bien. Sólo me hace falta una bocanada de este aire fresco que hace un rato se me ha colado en la vida. Tenéis que permitirme soñar un ratito. Os prometo que luego, a la vuelta, os cuento.

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